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[OPINIÓN] Dante Contreras: La olla a presión

Dante Contreras, director de COES

Por Dante Contreras

Publicado originalmente en Revista Capital

“Antes de mostrar mi hipótesis sobre lo que podría estar ocurriendo en el país, me gustaría mostrar hechos que, a mi juicio, son relevantes y de primer orden para entender la hipótesis que posteriormente quiero deslizar.

En un estudio de elaboración propia a partir de la encuesta Casen analizamos, en personas de entre 30 y 40 años, cuánto gana la gente, pero no de acuerdo a su nivel de escolaridad, sino que al de escolaridad de sus padres. Y lo que muestran los resultados es que, si te tocó nacer en una familia donde tus padres tenían educación básica incompleta, ganarás en promedio 300 mil pesos, mientras que alguien que tuvo la suerte de nacer en un hogar donde sus padres son profesionales, tu sueldo se ubicará en torno al millón de pesos al mes.

Esto sugiere que la cuna importa, y mucho, y, segundo, que el sistema educacional no compensa, no cuadra, no nivela.

Chile es un país de elevada desigualdad y baja movilidad social: imaginen una olla a presión con las válvulas cerradas. De aquí surge la hipótesis que quiero ir esbozando.

Es compleja una sociedad que tiene las válvulas cerradas. Si tú liberas una, descomprimes. Y a mi juicio, si me dicen cuál es la válvula que debería soltar, es la desigualdad social o, en lenguaje más técnico, de igualdad de oportunidades.
Lo siguiente también explica esta sensación de olla a presión y por qué nos puede estar afectando. Se trata de la misma pregunta que se hizo en 1999, en 2009 y en 2014. En que se preguntó, al 20% más pobre y al 20% más rico, cuál cree que es la brecha que existe entre el sueldo de un gerente y el de un trabajador básico.

En 1999, la gente del 20% más pobre decía que la distancia entre alguien del nivel gerencial y un trabajador debía ser de 20 veces. Mientras que alguien del 20% más rico, decía que la diferencia debía ser como de 50 veces. Había una amplia confusión entre lo que la gente percibía en los diferentes percentiles. En 2009, la gente pobre ajustó esa expectativa, entendió la dimensión real de las diferencias, y ya creía que la distancia era cercana a las 30 veces. En 2014, esa misma gente estaba diciendo que esa brecha era de 45 veces.

Esa brecha es de 48 veces, en realidad.

Desde otro ángulo podemos preguntarnos: ¿cuánto miden nuestros niños cuando nacen si provienen del 20% más pobre y del 20% de más altos ingresos? La respuesta es que, independiente del nivel socioeconómico, son 49 centímetros, en promedio. Cuánto pesan es más o menos lo mismo en ambos grupos, también. Independiente del nivel socioeconómico, en términos biológicos, nuestros niños miden y nacen iguales. En términos de desarrollo cognitivo, de acuerdo a un test de cuántas palabras manejan los niños a temprana edad, a los dos años ya se nota una brecha que es estadísticamente significativa entre niños que están en quintil uno y dos, versus los del quintil cuatro y cinco. Esa brecha crece a los tres años y vuelve a incrementarse a los cuatro años. Es decir, aun cuando los niños nacen, en términos biológicos, iguales, en términos cognitivos se nota una brecha a los dos años, la cual crece a los tres y vuelve a aumentar a los cuatro.

En un estudio que estamos haciendo con Sergio Urzúa, en que vinculamos datos del Simce con datos del mercado laboral, y tenemos seis mil personas linkeadas correctamente, se muestra la brecha educacional en cuarto básico, si un niño va a un colegio público, subvencionado o privado. Una brecha por todos conocida.

A mí juicio, la crisis de representatividad tiene que ser entendida en un contexto de elevada desigualdad y baja movilidad social. Segundo, los gráficos reflejan una actualización de expectativas. La gente está dándose cuenta de que las brechas reales y no las brechas percibidas, están muy distantes. Tercero, toda la evidencia demuestra un importante avance en los estándares de vida. No hay encuesta que no diga que la población ha mejorado en forma significativa desde el año 1990, hasta ahora. Sin embargo, todavía hay importantes desigualdades de cuna y acceso a oportunidades.

Todos sabemos que hay una caída importante en la confianza en las instituciones. Ahora bien, de acuerdo a una encuesta que nosotros levantamos en el Centro de Cohesión y Conflicto Social (COES), la desconfianza en las instituciones políticas es considerablemente mayor en individuos que creen que las personas no obtienen lo que merecen. Es gente que cree en la meritocracia y dice: saben qué más, yo no confío en las instituciones. Y la desconfianza en instituciones políticas es considerablemente mayor en individuos de estratos bajos.

Respecto a una pregunta igualmente comparable: para surgir en la vida, ¿cuán importante cree usted que es la educación? Chile aparece súper arriba. Chile confía en la educación.

Aquí vuelvo con mi esbozo de hipótesis, ¿qué pasa cuando se ajustan las expectativas? ¿Qué va a suceder, si ya se ajustaron las expectativas de ingreso, cuando la gran mayoría de la gente se dé cuenta de que lo que les estamos enseñando a nuestros niños, no sirve?

Revisemos las cifras. El nivel educacional en Chile es extremadamente bajo. Nuestros niños que van a colegios particulares pagados se comparan al promedio de niños OCDE. Los niños de escuelas vulnerables en Shangai tienen mayor rendimiento que nuestros niños de colegios particulares pagados. Entonces, cuando preguntamos a la gente cuáles son los principales conflictos de demanda social, aparecen ésas: educación, salud, delincuencia, desigualdades. La ciudadanía está demandando esos temas. Y esos temas están en la agenda de gobierno.

Cuando se parametrizan los problemas en otra dimensión, en torno a cuáles son los más importantes y qué tan probable es que se expresen violentamente, entonces aparece, por ejemplo, el problema indígena como uno que la gente cree que se va a expresar violentamente, pero no es de importancia nacional. Y hay problemas como la educación, en que la gente cree que se va a expresar violentamente y que sí es percibido como de importancia nacional.

Yo vi en el gobierno del presidente Sebastián Piñera cómo los equipos en el Ministerio de Educación, rotaban, y lo he seguido viendo en el actual Ministerio de Educación, donde el equipo es pequeño, para la escala de reforma que se está haciendo. Entonces llama la atención, profundamente, dónde está el corazón, dónde están las ganas de hacer servicio público con equipos tan disminuidos.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es la discusión de la reforma a la educación que hicimos. No estuvimos a la altura. Hacemos la reforma educacional que se supone que es de gran escala, dos puntos del PIB, desde preescolar a universitaria y lo que uno ve, por lo menos lo que yo veo, es el dominio de los intereses de corto plazo por sobre una buena política de largo plazo. Todo el mundo peleando por cosas chicas. Nadie fue capaz de ver el big picture. Ni los rectores, los profesores, sostenedores, la Iglesia Católica ni la Confech. Tampoco la elite. Entonces, a mí realmente me asusta esta situación, en el sentido de que hacemos esta reforma que nos cuesta a todos mucha plata, una reforma tributaria grande, y después no somos capaces de sostener una discusión a la altura para realizar esa reforma. Preguntándonos lo mismo de otra forma, supongamos que todo esto sale mal… La educación va a seguir siendo un elemento clave para el desarrollo de Chile. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Otra reforma tributaria? ¿Otra reforma educacional? Dado que nos embarcamos en esto, debiéramos haberlo hecho bien y, la verdad, es que no veo que nadie haya cooperado, diciendo: yo pierdo por acá, pero el país va a ganar por este otro lado. No hubo generosidad, ,sino una mirada muy corta, muy parcial. Creo que ahí estamos al debe y creo que esto nos va a rebotar”. •••