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[OPINIÓN] De la educación cívica a la educación para la ciudadanía

Juan Carlos Castillo

Juan Carlos Castillo, Subdirector COES e investigador principal
Columna publicada en El Mostrador

En los últimos días ha resurgido la idea de reponer educación cívica como asignatura en el currículum escolar. Nos parece que esta propuesta responde a una inquietud legítima, que atiende a la preocupación tanto por la calidad como la cantidad de participación juvenil en nuestro país en procesos de carácter político. Sin embargo, consideramos que en esta propuesta se ha planteado una serie de argumentos que requiere una reflexión más profunda, basados principalmente en la evidencia empírica y estudios académicos respecto de los factores asociados al desempeño en pruebas de conocimiento cívico, así como también a la relación entre conocimiento cívico, formación ciudadana y participación política futura.

Como marco inicial para la discusión, vale la pena hacer notar que actualmente hay educación cívica en el currículum escolar. La educación cívica aparece como objetivo transversal a una serie de asignaturas, decisión que responde básicamente a que las competencias cívicas no son algo que se debe transmitir como un elemento separado de otras áreas del conocimiento, sino que se encuentra estrechamente ligado a temas históricos, filosóficos y de ciencias sociales en general. Sin embargo, y atendiendo a la continua demanda pública por la “vuelta de la educación cívica”, se aprecia que la transversalidad en ocasiones atenta contra la visibilidad, y por lo tanto corresponde atender a las voces y argumentos que sugieren la reposición de educación cívica como asignatura. Pero, antes de poner este parche en la herida, vale la pena aprovechar esta instancia para generar un debate más amplio sobre qué entendemos por educación cívica, y fundamentalmente sobre qué tipo de ciudadanos y ciudadanas pretendemos formar sobre la base de la educación cívica.

La premura actual por la reposición de la educación cívica se ha acompañado con argumentos sobre su supuesto impacto en participación política. Parte de estos argumentos poseen una base ampliamente documentada en estudios de participación electoral adulta en lo que se conoce como el modelo de recursos, que expresado en términos simples establece que quienes más participan son aquellos con más dinero, educación, tiempo y conocimiento político. Esta asociación sin duda es preocupante, ya que en definitiva genera una reproducción de la desigualdad económica en desigualdad política. Por lo tanto, en la base del argumento sobre educación cívica y participación está la idea de que más conocimientos van a incidir en mayores niveles de participación. Ante esto, las investigaciones que hemos realizado en el tema nos dicen “sí, pero…”. Sí, estudiantes con mayores niveles de conocimiento cívico declaran también mayor disposición para participación política formal en el futuro. Pero el conocimiento cívico es una forma de desempeño académico y, tal como otras áreas de desempeño (matemáticas, lenguaje), se encuentra fuertemente relacionado con el capital económico y cultural económico de las familias de origen. Esto sucede en todas partes del mundo, pero como sabemos se acentúa en sociedades con altos niveles de desigualdad y segregación como la nuestra. Si los alumnos de familias más privilegiadas son los que muestran los mayores niveles de conocimiento cívico, entonces la asociación entre desigualdad económica y política mencionada anteriormente adquiere un carácter dinámico en el tiempo, produciendo transmisión intergeneracional de la desigualdad política. Las implicancias de tal situación son ostensibles y, por lo tanto, la reposición de la asignatura debe estar acompañada por una distribución más equitativa de las oportunidades educativas, ya que de lo que se trata no es solo de elevar niveles de participación, sino hacer que estos contribuyan a una sociedad más inclusiva y democrática.

Otro aspecto a tener en consideración es el significado de lo cívico. Tradicionalmente, este término se asocia a conocimiento sobre instituciones del Estado y algunos procedimientos asociados a elecciones democráticas. Por supuesto, esto es una visión estrecha si pensamos en que el objetivo es dar a los estudiantes las capacidades para integrarse a la vida ciudadana de manera integral. Por lo tanto, nos parece que apuntar hacia una educación ciudadana más que meramente cívica debería ser un elemento que acompañe esta discusión. Sin duda, la definición de qué es un buen ciudadano sobrepasa los límites de esta columna, sin embargo, vale la pena mencionar que perspectivas actuales en formación ciudadana suelen considerar la dimensión cívica mencionada anteriormente, pero también una dimensión civil, que tiene que ver con la integración más a nivel horizontal, incorporando el conocimiento y participación en organizaciones vecinales y comunitarias, así como también el voluntariado y la conducta prosocial.

Finalmente, una vuelta a la clásica distinción entre el qué y el cómo se enseñan o transmiten los conocimientos. Nuestras investigaciones en temas de formación ciudadana nos revelan que, además del conocimiento cívico (qué), el clima democrático en la sala de clases (cómo) es crucial para entender la predisposición de estudiantes a participar políticamente en el futuro. En otras palabras, y aunque suene de perogrullo, la enseñanza de la democracia en ambientes autoritarios difícilmente promoverá la formación ciudadana. Es más, lo que sabemos hasta ahora es que el clima democrático escolar tiene un impacto relevante en predisposición a participar, y además tiene la ventaja de que no se encuentra significativamente asociado a variables de capital cultural y económico familiar, como sí lo es en el caso de conocimiento cívico. Por lo tanto, si queremos mejorar la formación ciudadana hay que apuntar principalmente a fortalecer las metodologías de enseñanza, lo que nos lleva a considerar también en esta discusión temas de formación inicial docente y además liderazgo directivo.