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[OPINIÓN] El Centro Socialista

Alfredo Joignant

Publicado originalmente en La Segunda el jueves 14 de enero, 2016

Por Alfredo Joignant

¿Hasta qué punto el PS puede ser de izquierda cuando su principal función consiste en articular el “centro” y la “izquierda” de la Nueva Mayoría? Es en estos términos, aproximativos, que el columnista Edison Ortiz formulaba el dilema al que se enfrenta el socialismo chileno, después de haber reiterado una alianza con el PDC para enfrentar la próxima elección de concejales.

Este dilema es evidentemente real, aunque no tiene nada de nuevo, salvo el sonoro refunfuño democratacristiano con la presidenta, sus reformas y el PC. ¿Qué se juega acá? La congruencia entre la identidad socialista y una práctica articuladora de partidos grandes y chicos en la Nueva Mayoría. Así dicho, el puzzle no puede ser menos sexy para un electorado que no sólo no se representa la realidad en estos términos, sino que la rechaza bajo el cargo de elitismo cupular vagamente bañado en ideología. Pero es lo que hay: un dilema político crudo.

Hay dos modos de abordarlo.

El primero es reducirlo a correlaciones de fuerza entre partidos en un año electoral que presupone negociaciones de candidaturas: qué duda puede haber que entre los dirigentes partidarios es la posición predominante. Es en esta postura hiperealista que no pocos desafían al PDC a dejar de blufear y, como si fuera un póker pobre en estrategia, deslizan un absurdo “pagar por ver” si el partido de la flecha roja de verdad se atrevería a abandonar la coalición. Esta es la dimensión más cruda del problema, y que al chileno común deja indiferente.

El segundo modo de abordar el dilema es edulcorarlo con discusiones programáticas o ideológicas, que sólo interesa a la fracción más ilustrada de los partidos (es decir a pocos) y a los intelectuales. Es en este abordaje en el que se inscribe la caricatura de las dos o más almas enfrentadas, y la crítica –intelectualmente imprecisa- de que tanto la coalición de gobierno como el PS se habrían desconectado de unas misteriosas “fuerzas sociales”, como si estas fuesen de suyo evidente.

En ambas aproximaciones, el PS juega un rol articulador, de lo que se desprende una conclusión inquietante: el partido de Allende se habría transformado en una fuerza de centro, moderada, casi quieta, un síndrome que no es muy distinto al que embarga al socialismo europeo y que en Chile, más en los hechos que en la letra, derivó en alguna variante socialdemócrata que cada día es más aborrecida por otras izquierdas, desde Syriza hasta Podemos. Si la decisión del PS es ser un agente articulador, entonces habrá que hacerse cargo de la tensión que significa ser un partido de centro espacial (en el sentido vulgar de estar al medio de otros) y de izquierda en algún sentido de la palabra. Hasta ahora, los socialistas han sorteado la dificultad gracias a lo que en el imaginario de izquierdas pudo representar Bachelet y que hoy se prolonga con Isabel Allende. De alguna forma, el PS ha ganado tiempo. Pero ya llega la hora de enfrentar seriamente la dificultad desde la lógica del proyecto político y de sus soportes ideológicos, en el entendido que todas las izquierdas en Chile (incluyendo sus “fuerzas sociales”) son y seguirán siendo minoría por sí solas.
De no hacerlo, el PS terminará efectivamente siendo de centro, en todos los sentidos de la palabra.