[OPINIÓN] Incendios: otro costo social de las forestales

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[OPINIÓN] Incendios: otro costo social de las forestales

Por Matías Garretón

Publicado en La Segunda

(Texto original)

Los incendios forestales que han asolado en los últimos días a siete regiones, con catástrofes como la de Pumanque, nos encaminan a la que puede ser la peor temporada de fuego en la historia de Chile. La principal causa de esto no es la insuficiencia de financiamiento a las brigadas forestales que los combaten, ni la falta de mantenimiento bajo tendidos eléctricos. Los incendios empeoran debido a la fragilidad de las plantaciones forestales, monocultivos de pino o eucalipto que arden con facilidad y que agotan las aguas subterráneas, secando todo a su alrededor. En pleno proceso de cambio climático, estos territorios se vuelven aún más vulnerables y si no corregimos esta situación, seguiremos batiendo el triste récord de la peor temporada de incendios, año tras año.

Resulta paradójico que esta precaria situación haya sido promovida desde 1974 con fondos estatales, desde la promulgación del decreto ley 701 de fomento forestal, con 900 millones de dólares en subvenciones que han favorecido principalmente a grandes empresas forestales. Pese a lo absurdo que resulta subsidiar a un oligopolio que genera graves costos sociales y ambientales, este decreto ha sido renovado varias veces en democracia, hasta que en noviembre 2015, en medio del escándalo de la colusión del confort, fue políticamente insostenible prorrogarlo. Aún así, el sector forestal continuará recibiendo alrededor de 300 millones de dólares por compromisos previamente adquiridos.

Aunque esta política puede haber sido justificable en un contexto de subdesarrollo, en la situación actual y futura el dedicar gigantescos territorios a la explotación forestal de bajo valor es un pésimo negocio para Chile. Tal vez esto genere importantes utilidades para grandes grupos económicos, pero en una perspectiva de sostenibilidad es imprescindible considerar las externalidades negativas que implica esta explotación. Las regiones forestales son las más pobres del país, porque es una actividad de poco valor agregado, que paga bajos sueldos, que es extensiva en uso de suelos y que agota las aguas subterráneas necesarias para la agricultura y el consumo humano. Todo esto atenta contra la biodiversidad y el desarrollo de economías locales diversificadas y sostenibles. Además, existe una conflictividad crónica por la propiedad y uso de tierras históricamente disputadas con los pueblos nativos.

El empeoramiento de los incendios forestales es la guinda de esta torta, manifestando una vulnerabilidad creciente de los monocultivos forestales, que hace urgente reevaluar los costos socioambientales de esta actividad y cobrarlos como corresponde. No sólo deben suspenderse definitivamente los subsidios, además las empresas forestales debieran financiar como corresponde a las brigadas forestales y pagar por el agua subterránea que consumen. Si esto anula su rentabilidad sólo estaremos sincerando que son un mal negocio, como lo demuestra el incalculable costo social y ambiental de los incendios forestales.

Una excelente alternativa, que ya está siendo experimentada con éxito en Chile, es la reforestación de extensiones quemadas con bosque nativo, que florece rápidamente en las cenizas gracias a su ciclo natural de renovación. La flora nativa es más resistente al fuego, consume mucho menos agua e incluso alimenta las napas subterráneas en zonas con alta humedad ambiental. Además, aporta con una biodiversidad indispensable para adaptarnos al cambio climático en curso y favorece el desarrollo de actividades alternativas y sostenibles como el turismo y la agricultura de alto valor.

Revertir cuarenta años de fomento al monocultivo forestal es una ardua tarea, principalmente por el impacto que esto puede tener en trabajadores y pequeños empresarios del sector, pero los costos de no hacerlo serán mayores mientras más demoremos en reformular una política de desarrollo para estos territorios. Ahora tenemos la alternativa de sembrar en las cenizas, o más leña para futuros incendios, o recuperar en ellas la riqueza natural que es el futuro de Chile.