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Gloria Jimenez Moya coes

Por Gloria Jiménez-Moya

Publicado en La Segunda

(Texto original)

Históricamente las mujeres han ocupado un estatus social inferior al de los hombres. Esta desventaja es estructural y universal, ya que se da de forma sistemática y en todas las sociedades, provocando numerosas consecuencias negativas para las mujeres en los ámbitos social, económico y político, entre otros. Una de las causas (y consecuencias) de dicha desventaja es la división de las tareas domésticas y laborales de acuerdo a roles tradicionales de género. Esta división concibe que, debido a sus características, la mujer está más capacitada para llevar a cabo tareas domésticas de cuidado y protección, mientras que el hombre está más preparado para el terreno laboral y de competitividad. En las últimas décadas, esta división ha ido desfigurándose en cierta medida, y en la actualidad los datos muestran que ha aumentado el número de mujeres que trabaja fuera del hogar y de hombres que se dedican a las tareas domésticas, aunque aún estemos muy lejos de alcanzar la igualdad en el reparto de tareas.

Confirmando este cambio de tendencia, los datos de la encuesta ELSOC muestran que las chilenas y chilenos apoyan en gran medida que los hombres asuman una mayor responsabilidad en el trabajo doméstico y en el cuidado de niñas y niños. Sin embargo, apoyan en menor medida la idea de que una madre que trabaja fuera del hogar pueda establecer una relación tan cálida y sólida con sus hijos como una madre que no trabaja. Es decir, aunque claramente se defiende la idea de que los hombres deben tomar más responsabilidades domésticas – aunque esto no necesariamente se refleja en el comportamiento – no se apoya en la misma medida el cambio de rol de la mujer. La creencia de que una madre que trabaja no puede establecer una buena relación con sus hijas e hijos contribuye sin duda a frenar la libertad con la que las mujeres eligen cómo desarrollar su carrera y su rol como madre, y está basada en una ideología sexista que concibe a la mujer primariamente como cuidadora, restringiéndola a este rol. Todavía, por lo tanto, es necesario un cambio social más profundo que erradique la división del trabajo en base al sexo. De hecho, las chilenas y chilenos que apoyan la presencia de la mujer en el mercado laboral también confían en que el cambio social es viable y presentan una mayor participación ciudadana, por lo que podrían liderar este cambio.