[OPINIÓN] Segregación y subdesarrollo

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[OPINIÓN] Segregación y subdesarrollo

Daniel Hojman

Por Daniel Hojman

Publicado originalmente en La Segunda

En las comunas del “barrio alto” de Santiago viven unas 900,000 personas, más de un 5% de la población de Chile. La mayoría son parte del 10% de mayores ingresos. En este territorio, lo común es que la gente tenga Isapre —aún cuando más de un 82% de la población chilena use Fonasa— y un 60% de los escolares va a colegios particulares pagados —contra un 7% a nivel nacional—. Es una zona relativamente extensa, un pequeño país, que no comparte mucho con el resto de Chile. Una población similar vive en los determinados “guetos urbanos” de vivienda social. Un sello distintivo de la ciudad ha sido la segregación social en el territorio, las escuelas y las redes sociales, entre otras dimensiones. ¿Por qué debiese importarnos?

Hay buenas razones para creer que la segregación es una de las dimensiones más profundas de nuestro subdesarrollo. En Santiago y otras ciudades, la segregación residencial va de la mano de desigualdades urbanas. Si el espacio urbano se torna una trampa de exclusión de oportunidades de trabajo, de salud, de seguridad, de acceso a áreas verdes, tiempos de transporte alienantes; o se correlaciona con deserción escolar y criminalidad juvenil, es inadecuado pensar en políticas sociales—orientadas a erradicar la pobreza o disminuir la desigualdad— separadas de políticas urbanas, de transporte y de vivienda. El aprendizaje de un niño no está aislado de la seguridad en su entorno, el acceso oportuno a salud, la calidad de vida en el barrio, las horas que un padre puede dedicarle y su interacción con pares.

La segregación como expresión y fuente de desigualdades nos desafía a una aproximación integral, donde las políticas sociales conversan con las urbanas, y los objetivos son tanto el individuo como la comunidad local. Esto no es abstracción. Desde los ochenta, hasta los 2000, buena parte de las políticas de vivienda y el sistema escolar son ejemplos de políticas públicas que, apuntando a la cobertura, han contribuido a subsidiar masivamente a la segregación residencial y educacional. La Ley de Inclusión recientemente aprobada es una señal esperanzadora.

La segregación es parte de nuestra subjetividad. Cuando los padres expresan temor a que sus hijos compartan el colegio con niños más pobres o, como lo muestra la evidencia de la encuesta COES 2014, grupos de la elite social se asocian con redes personales homogéneas y relativamente pequeñas, descubrimos una suerte de demanda por segregarse. La evidencia sugiere que la convivencia en diversidad es experiencia irremplazable para desarrollar empatía, actitudes pro-sociales y confianza interpersonal. La segregación no ayuda potenciar las habilidades para la cooperación y el diálogo.

La segregación social en distintas dimensiones debe ser parte del debate sobre nuestro modelo desarrollo. Comprender el impacto de políticas públicas y el mercado sobre la segregación, y el impacto de ésta sobre distintos aspectos —desde la productividad hasta el crimen— forman parte de los desafíos para investigadores y el diseño de políticas públicas.

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