[OPINIÓN] Crecimiento urbano y cohesión social: ¿paradojas de la metropolización?

[NOTA] Daniela Jara en panel sobre Encuestas Políticas
2017-12-11
[COES PRESENTA] Fabián Duarte
2017-12-12

[OPINIÓN] Crecimiento urbano y cohesión social: ¿paradojas de la metropolización?

Felipe Link

Por Felipe Link

Publicado en El Mostrador

Siguiendo un modelo de urbanización capitalista que ha imperado en nuestro país en las últimas décadas, nuestras ciudades se han desarrollado hacia sus periferias en baja densidad, o bien, recientemente, hacia sus centros en alta densidad, con una marcada lógica por la maximización de ganancias.

Según hemos observado en la investigación reciente, ninguna de estas tendencias posibilita la creación de vínculos sociales locales, ni los vínculos fuertes, asociados a la participación, ni los débiles, asociados a la “familiaridad pública” y a las posibilidades de acceder y movilizar nuevos recursos. Peor aún, estos procesos terminan afectando la constitución de barrio y sus características comunitarias.

Así, se segmentan las prácticas y se especializan los espacios funcionales, atentando contra la cohesión social, entendida desde tres dimensiones principales: primero, las relaciones sociales; segundo, el sentido de pertenencia; y, tercero, la orientación al cuidado de los bienes comunes.

En un contexto estructural de segregación y distribución desigual de recursos en la ciudad, la doble forma del desarrollo urbano actual no promueve explícitamente ninguna de estas dimensiones.

Vivimos en una sociedad capitalista y, muy probablemente, éste seguirá siendo, con más o menos matices, el sistema económico, político y socio – cultural que predominará en el mediano plazo, lo que en la ciudad se traduce en un proceso de producción del espacio liderado por el mercado y garantizado por el Estado, instancia en que la ciudadanía, a pesar de su resurgimiento, tiene poco poder de decisión e intervención en su desarrollo.

La producción de ciudad es un excelente negocio, que genera grandes plusvalías, beneficiándose, por un lado, de inversiones públicas, pero también, por otro, de prácticas, imaginarios, identidades y culturas ciudadanas arraigadas en el territorio.

La fetichización de “la vida de barrio” en el desarrollo inmobiliario y la renovación urbana, termina disolviendo sus propias características, expulsando residentes, cortando los vínculos comunitarios y dificultando precisamente lo que supone la propia definición de la vida urbana, entendida como la posibilidad del encuentro con personas diferentes en un mismo territorio, donde se van configurando redes personales de confianza en algunos casos, o al menos, constituyendo la idea de una “familiaridad pública”, en el sentido de reconocer a otros y reconocerse a sí mismo en el espacio. La escala de este reconocimiento es eminentemente barrial, ya que son los barrios y el entorno cotidiano inmediato a la vivienda, el espacio de amortiguación entre lo privado y lo público, entre lo particular de la vida individual y lo general de la vida social.

El barrio se configura como un espacio bisagra, que logra articular la vida cotidiana y permite constituir un sentido de pertenencia. Es de donde salimos y adonde llegamos, todos los días, independientemente de la localización del lugar de trabajo, estudio o actividades personales.

Por ello, es imperativo que el Estado asegure una correcta y armónica planificación urbana, de control de un mercado poco regulado, que considere las consecuencias sobre la cohesión y retribuya los valores sobre los que se generan las plusvalías, para que así, al menos desde una lógica redistributiva, el espacio donde la sociedad se constituye siga siendo el espacio público, urbano, a escala barrial.