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[PRENSA] El masivo debut del Jardín Japonés: Análisis al «uso distinto a lo adecuado» del parque en su primer fin de semana

Publicado en EMOL

Así lo definió el ministro Cristián Monckeberg, tras dos jornadas de picnics en el pasto y niños con los pies en las lagunas artificiales. Uno de sus arquitectos llamó a «respetar su vocación» contemplativa, mientras un antropólogo señala que el uso del espacio público lo deciden quienes lo frecuentan.

En el Parque Metropolitano calculan que fueron cerca de 200 personas diarias. Este sábado y domingo, el primer fin de semana después de la reinauguración del Jardín Japonés en el Cerro San Cristóbal, la afluencia de asistentes fue alta. Los visitantes hicieron picnic en el pasto y los niños usaron las lagunas y canales artificiales para mojarse los pies. El momento fue inmortalizado en fotos, las imágenes se viralizaron en redes sociales y surgieron las críticas.

Una de ellas, la que tuvo más resonancia, fue la de Juan Manuel Gálvez, arquitecto máster en Paisaje de la U. de Chiba, en Japón, quien participó en el proyecto de remodelación. Mediante tres videos subidos a su cuenta de Youtube, Gálvez se mostró desanimado por el trato de los asistentes con el lugar. «El Jardín Japonés es un espacio cultural, de educación, es como un libro abierto», explica Gálvez en los archivos.

«Si voy a entrar a un jardín japonés, me tengo que comportar de acuerdo a lo que me ofrece. Si voy a un hospital, no voy a hacer una fiesta adentro, porque tengo que respetar el silencio de las personas. Los espacios tienen cada uno su vocación. Para mí, la vocación que tiene el Jardín Japonés es de contemplación, es un lugar de silencio (…) Siento que lo que vi yo hoy día es que la gente no respeta esa vocación del lugar», añade.

En internet las críticas abundaron. «El Jardín Japonés fue víctima de un chilenazo», «Cero respeto y cero cultura de la gente», «No es un balneario», «Dos años se demoraron en remodelar el Jardín Japónés y un día el chileno en destruirlo».

Este lunes, el mismo Parque Metropolitano desmintió la gravedad del impacto. «Mucho se habló de daños, casi catastróficos, lo que no es cierto», aseguró la directora (s) Alejandra Montalba. «El daño no fue mayor, aunque sí hay aprensiones», agregó. La administración evalúa medidas para mitigar las consecuencias de la masividad de las visitas, aunque aseguran estar contentos por la convocatoria.

Miguel Pérez, director de la carrera de Antropología de la U. Alberto Hurtado e investigador adjunto del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), siguió atentamente la discusión y la mira con escepticismo. «Yo vi las imágenes, y lo que vi ahí fue justamente un espacio público usado intensamente, lo que me parece muy positivo», dice a Emol. «En el lugar convergen muchas personas de distinto nivel socioeconónico, nacionalidad y credo religioso. Eso es lo rico del parque».

Japonés a la chilena

En su video, Gálvez hizo un extenso análisis de las diferencias entre la cultura japonesa y la chilena, y cómo ellas podían explicar en parte la respuesta que tuvo la población al jardín. «Para el japonés, la naturaleza tiene un sentido más religioso, algo más sagrado, porque en la naturaleza habitan los espíritus, los antepasados. Cuando están frente a un paisaje que es construido, se dan el tiempo de contemplar esto», dice.

«Los japoneses no son mucho de piel, como nosotros. Son amables, pero no tienen esta cosa de abrazarse, de besarse. Tienen justamente esta distancia y respetan mucho el espacio privado del otro. Nosotros, en cambio, somos más intrusivos: entramos en la persona, nos abrazamos, nos besamos, incluso a personas que no conocemos. En Japón eso es imposible, ni siquiera se dan la mano», expone el arquitecto.

Por eso, asegura, en Chile hay una conexión mayor con el sentido del tacto. «Vivimos el espacio público a través del tacto. ¿Cuándo uno dice que los niños la pasan bien en un espacio público? Cuando ruedan en el pasto, se cuelgan en el árbol, van saltando de piedra en piedra. Uno dice: estoy impresionado, mi hijo lo pasó muy bien, rodó pasto abajo y sintió la naturaleza. Hubo un contacto, una compenetración», asegura.

«Esa es la forma en que nosotros disfrutamos el espacio público y la naturaleza, a través del tacto. Mi persona tenía súper claro que al hacer un jardín japonés en Chile podía a pasar esto, porque claramente en su mayoría son chilenos los que van a ir, entonces van a disfrutar el jardín japonés de manera chilena, que es a través del tocar», razona Gálvez.

Fue, para él, un tema complejo. «Para mí fue un desafío tratar de chilenizar un jardín japonés. Hubo un trabajo mío de aceptar que los chilenos somos así, que por mucho que yo quisiera que el chileno se comportara como el japonés, no iba a suceder», concluye. A pesar de ese trabajo mental, la realidad lo sorprendió.

Un jardín sin letreros

El Jardín Japonés, llamado oficialmente Jardín de la Amistad, fue construido en 1978 y diseñado por el arquitecto japonés Tadashi Asahi, con una dimensión aproximada de 3.200 metros cuadrados. En 2016, para conmemorar los 120 años de relaciones comerciales entre Chile y Japón, se decidió ampliar el jardín y remodelarlo. Tras dos años de trabajo, el jardín se reinauguró el viernes 11 de enero, con 4.500 metros cuadrados de superficie.

Toda la información está en un cartel a la entrada del jardín, junto a los baños. Más abajo de la historia, con unos pequeños íconos negros, se lee: «Hazte cargo de tu basura, ¡llévatela cuando salgas!», «No arranques ramas, hojas, frutos ni semillas» y «Este es un lugar libre de humo. ¡Gracias por no fumar!».

Es la única señalética del lugar. En el resto del jardín no hay carteles que expliciten que no se puede entrar al agua, tocar las estructuras, pisar el pasto o consumir alimentos. Este lunes, mientras el ministro de Vivienda y Urbanismo, Cristián Monckeberg, realizó una visita al lugar, un guardia en la entrada entregaba estas indicaciones: no se puede tocar la vegetación, el agua, hacer picnics.

«Esto va más allá de la señalética o no. Yo puedo tener la mejor de las señaléticas, el mejor del autocuidado o el mejor de los procesos de formación, pero si las familias no nos ayudan a cuidar el parque, esto no va a caminar», explicó esa mañana el ministro en el parque.

«Nosotros vamos a hacer todo el esfuerzo de formar, de ayudar y de contarle a quienes nos visitan cómo tenemos que cuidar nuestros parques (…) Vamos a hacer esfuerzos en señalética, en estar más presentes, en buscar el máximo de cooperación e información para las familias, pero además necesitamos que la familia nos ayude», añadió.

Un «espacio civilizatorio»

Pero el antropólogo Miguel Pérez ve una debilidad en ese aspecto. «Cuando se inauguró el Metro, se hizo una campaña de información para decir qué se podía y no se podía hacer: un espacio civilizatorio. Es lo que todavía vemos en la actualidad para aprender a cuidar el transporte público», comenta. «Si uno quiere evitar que los niños se metan al agua, uno puede disponer de personal de seguridad o impulsar campañas de educación».

Consultado sobre la materia, el ministro Monckeberg se enfocó en lo que buscará hacer el Parque Metropolitano a futuro. «Más que culpas o no culpas, aquí tenemos que hacer un esfuerzo importante de todos lados: nosotros, desde el punto de vista público, del Ministerio y el Parquemet, pero principalmente la familia, que debe hacer un esfuerzo importante para cuidar el parque», respondió.

Algunas medidas ya empezaron a correr: no se puede ingresar con bicicletas ni mascotas. También se evalúa cómo controlar el flujo, para que cuando se sobrepase la capacidad de carga del lugar no pueda seguir ingresando gente sino hasta que haya recambio de visitantes. Sobre avalúo de los daños, las autoridades son categóricas: no los hubo. «Hay pasto recién sembrado y que la gente se pose arriba del pasto puede llevar a dañar la flora recién instalada, pero no hay nada catastrófico ni de infraestructura, nada que avaluar. El jardín sigue abierto al público de manera normal», confirmó la directora del Parque Metropolitano.

La evaluación del fin de semana, para el ministro, es positiva. «Yo me alegro de que hayamos tenido muchas visitas y que se haya generado una buena expectativa. ¡Qué bueno que haya venido la gente a conocer el Jardín Japonés y la cultura japonesa! Lo único que nos falta es que sepamos que hay que darle un uso más de meditación, de conservación, apreciarlo y cuidarlo», afirmó.

«No es más que eso. Aquí no hubo destrozos, no es que el parque se tenga que cerrar: hubo un uso distinto a lo adecuado (…) tenemos que hacer que las familias nos ayuden y entiendan que hay ciertos usos en este espacio, como hay otros usos en otros espacios», comentó. El mensaje del ministerio es claro: el Parque Metropolitano tiene espacios con diferentes usos. «Hay lugares para bañarse, para hacer picnic, para jugar, trotar, andar en bicicleta y hacer asado. Este es un lugar para visitar, contemplar, apreciar y meditar», dijo el ministro.

La directora de Parquemet agregó: «Es un paseo no muy largo, para venir a contemplar, relajarse y después seguir paseando (…) Es un lugar más de paso que para instalarse el día completo». Ahondó también en el objetivo del espacio. «Invita a la reflexión, a la contemplación, a separarse de la vorágine de la ciudad», dijo.

Ahí es donde el director de la carrera de Antropología en la UAH, Miguel Pérez, tiene ciertos reparos.

El «derrotismo cultural»

Para explicar su apreciación en torno al fenómeno, Pérez empieza aclarando que discrepa con el arquitecto del jardín. «Él dice que no se respetó la vocación del lugar y está más que demostrado por las ciencias sociales que la vocación de los espacios de la ciudad nunca es definida a priori, que los que deciden cuál es su uso y vocación son los mismos usuarios. Uno puede dar directrices, pero nunca anticipar cuáles van a ser sus usos», dice.

Los espacios públicos, asegura, son instancias de encuentro y convergencia, pero también de conflicto y disputa. «El dilema que siempre se ve en estos casos es que los objetivos planificados por los arquitectos, diseñadores y urbanistas muchas veces no se condicen con la manera en que la gente utiliza los espacios, porque al momento de usar los espacios hay distintas lógicas y racionalidades operando», comenta.

Pone un ejemplo: el proyecto del alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, que busca instalar una ciclovía en las veredas de Apoquindo. «He escuchado a varios urbanistas explicar por qué es una mala idea, pero lo que yo haría es preguntarle a las personas que utilizan estos espacios qué opinan, que es lo que faltó en este caso», opina.

«Yo soy un visitante asiduo del Parque Metropolitano y veo una diversidad de usos tremenda: gente trotando, andando en bicicleta, con sus familias, haciendo picnics. ¿Por qué iba a ser distinto el uso que se le iba a dar a este espacio particular? En el fondo, hay mucho de asignarle ciertas expectativas a las personas sobre cómo debieran comportarse, como si por obligación todos debiésemos conocer cómo se comporta la cultura japonesa», plantea.

Sobre las diferencias culturales, Pérez también las ve con escepticismo. «Es difícil establecer una característica que pueda representarnos a todos los latinos, porque hay distintas formas de ocupar el espacio público en distintos lugares», asegura. Dice que él vivió tres años, mientras estudiaba, en EE.UU. Ahí vio a hinchas de equipos de básquetbol destruir espacios públicos cuando ganaban o perdían.

«Desconfío cuando se tiende a racializar la incultura, las prácticas violentas y las disruptivas, porque eso pasa en todos lados», comenta, y comparte otra aprensión: que se caiga en una suerte de «derrotismo cultural de los planificadores». Lo explica: «Básicamente leen todo lo que no se adecue a su expectativa en clave de incultura, de falta de educación o poca sofisticación, cuando no necesariamente es eso lo que ocurre».