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Juan Carlos Castillo

Publicado en Contrafactual

En la última década, la desigualdad de ingreso y la movilidad social se han transformado en un foco de la discusión pública. En medio del debate, ha surgido cada vez con más fuerza un concepto que intenta dar luces respecto del origen de las diferencias de ingreso, jerarquía, y estatus que hoy se aprecian en la sociedad chilena: la meritocracia. A través de esta noción se busca poder explicar la relación entre desigualdad económica y justicia. Es decir, se intenta justificar la repartición de los recursos mediante características distintas a las de la sociedad tradicional, donde la asignación estuvo ligada a elementos como riqueza heredada, clase social, etnicidad, raza, títulos honoríficos, entre otros.

 

¿Qué es la meritocracia?

La meritocracia es un concepto que posee una ambigüedad importante en su definición, como lo destacó Amartya Sen: “la idea de la meritocracia puede tener muchas virtudes, pero la claridad no es una de ellas”[1]. Por ende, resulta necesario definir un marco conceptual que clarifique lo que entendemos por meritocracia en Chile.

Osvaldo Larrañaga, director de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica y doctor en economía de la Universidad de Pennsylvania, especializado en políticas sociales, desigualdad, pobreza y mercado del trabajo señala que “la meritocracia refiere a una sociedad donde el acceso a las ocupaciones, posiciones de prestigio y puestos de poder político se distribuyen entre quienes tienen las mejores calificaciones requeridas para cada caso, en vez que su acceso sea por “pitutos” basados en el parentesco, apellido, clientelismo o la pertenencia a un mismo grupo”. Esta concepción de meritocracia es afín a la definición clásica de Young[2] (1962) donde el mérito se define como una sumatoria de esfuerzo y talento (o inteligencia), lo cual para Larrañaga hoy se aterriza como “que la persona esté en posesión de las competencias requeridas en términos de estudio y trayectoria para acceder a una determinada ocupación”.

Muy similar es la opinión de Juan Carlos Castillo, doctor en sociología de la Universidad de Humboldt y profesor de la Universidad de Chile, quien define la meritocracia como “…un ideal a alcanzar en una sociedad donde las posiciones se relacionan con el esfuerzo y el talento en lugar de otras razones, como la riqueza familiar, el género o el origen étnico”. Resulta evidente apreciar que existe consenso respecto de la consideración del talento y el esfuerzo como componentes del mérito, el problema surge al momento de tratar de cuantificar estas variables y de asignarle un peso relativo a cada una de ellas (Horowitz, 2006)[3].

 

Meritocracia y movilidad social

Si se piensa en medir cuánta meritocracia hay en Chile, ambos coinciden con la idea de que en teoría debiese existir una relación entre movilidad social y meritocracia. Castillo, quien además es subdirector e investigador principal del COES, sostiene que “se supone que en una sociedad meritocrática la asociación entre ocupación de origen (padres) y ocupación de destino (hijo) no debería existir”. En otras palabras, a mayor movilidad social, la situación familiar será menos determinante del estatus individual y, por lo tanto, el mérito individual pasa a ser el factor determinante de la posición social alcanzada. Entonces, la movilidad social ocupacional sería una posible aproximación para la medición de la meritocracia.

Por su parte, Osvaldo Larrañaga concuerda con que “el grado de movilidad social existente dependerá del acceso sin discriminación a las ocupaciones […] De esta manera, habrá menor movilidad social en una sociedad no meritocrática”. Sin embargo, para el no existen mediciones consistentes de cuan meritocrática es una sociedad y solo se pueden generar indicadores parciales que pueden aproximar una respuesta. Como posibles indicadores destaca “que el acceso a posiciones se realice a través de concursos públicos con resultados transparentes, que no haya corrupción en la distribución de oportunidades de trabajo y que existan mecanismos de transparencia en el sector público y en el sector privado”.

Independiente de cual de las dos posturas utilicemos como referencia para aproximar el nivel de meritocracia en Chile, los resultados no son muy alentadores. Primero, un informe realizado por la OCDE[4] en el año 2018 concluye que los hijos de familias de bajos recursos en Chile demoran en promedio seis generaciones -equivalente a 150 años- en alcanzar el ingreso medio mientras que el promedio de los países de la OCDE para el mismo indicador es 4,5 generaciones. Entonces, podemos concluir que Chile no es un país particularmente meritocrático si consideramos que la movilidad social es una buena aproximación para medir meritocracia.

Luego, Osvaldo Larrañaga señala que si bien hay proyectos como Chile Transparente que avanzan en la dirección correcta de cara a transformar Chile en una sociedad más meritocrática, aún estamos lejos de tener un sistema de distribución de oportunidades de trabajo transparente. En particular, en relación a los casos públicos que han motivado la discusión respecto de la meritocracia en Chile señaló que “puede que haya tenido una destacada trayectoria de estudios, pero no posee la experiencia laboral para calificar a tal cargo, comparada con otros posibles candidatos. Hay una probabilidad de 99% de que no hubiera ganado un concurso público abierto y competitivo. A lo que se suma el vínculo que existe entre su padre y el Presidente de la República, que es un caso de texto de lo que no hay que hacer en la materia”.

Esto no sólo es relevante en materia de recursos públicos. Sergio Guzmán Lagos, quien cuenta con 27 años de experiencia en el espacio de los directorios de empresas, nos dio su perspectiva respecto del sector privado. Para el, las empresas son “el espacio de la vida del país donde la meritocracia ha avanzado más, […] y el Estado es tal vez el espacio donde menos prevalece la meritocracia”. Por otra parte, al ser consultado sobre que pueden hacer las empresas para tener una cultura más meritocrática respondió: “si la meritocracia estuviese en la Agenda Anual de las empresas, su prevalencia sería muy superior”.

 

La meritocracia subjetiva

Juan Carlos Castillo afirma que “existe una manera alternativa de estudiar la meritocracia mediante su dimensión subjetiva: lo que las personas piensan de ella”. Para este análisis distingue dos perspectivas: las preferencias de meritocracia y la percepción de meritocracia. La primera perspectiva es de carácter normativo con relación a que criterios distributivos son justos, lo cual podría ser encuestado a través de preguntas como: ¿Es correcto que haya personas con más riqueza o poder si es que hay igualdad de oportunidades? ¿Las personas más esforzadas merecen ganar más? ¿Está bien que algunas personas sean más ricas que otras si esto es producido por diferencias en su nivel de esfuerzo o inteligencia?

En cambio, la percepción corresponde a una mirada descriptiva de como sienten los individuos que funciona la sociedad respecto de la asignación de recursos y poder, y si es que esta repartición se condice con el esfuerzo y el talento de los individuos. Por ejemplo, para dimensionar la percepción de meritocracia que tienen los chilenos, podrían cuestionarse lo siguiente: ¿En Chile las personas obtienen lo que merecen de acuerdo con su esfuerzo y talento? ¿En Chile las personas son recompensadas por sus méritos?

Tomando este concepto Castillo y otros autores (2018)[5] elaboraron un estudio que permitió realizar un análisis de la meritocracia en Chile desde una dimensión subjetiva. En este último se evalúan las percepciones y preferencias de meritocracia de los chilenos, datos que luego son utilizados para entender como interactúan la desigualdad y la meritocracia en la sociedad chilena, poniendo en evidencia la existencia de distintos niveles de, tolerancia a la desigualdad y valoración del mérito.

 

¿Qué piensan los chilenos de la meritocracia?

La primera conclusión importante del trabajo empírico de medición realizado por Castillo es que las dos perspectivas distintas de la dimensión subjetiva de la meritocracia poseen una correlación muy baja entre sí: -0,08. Por ende, percibir un correcto funcionamiento de la meritocracia no implica que este sistema de repartición sea considerado como el indicado, por lo que no corresponde asumir que la gente apoya a la meritocracia en base a evaluaciones de su funcionamiento.

Resulta interesante notar que el estudio arroja que los chilenos perciben en promedio un bajo funcionamiento de la meritocracia -le asignan una nota promedio de 2,47 sobre 5-, pero con alta variabilidad entre los encuestados. Sin embargo, las preferencias por meritocracia tienen una media de 3,93 sobre un máximo de 5, lo cual sugiere que, aunque los chilenos perciban que la sociedad carece de características meritocráticas, este aun puede ser considerado como el sistema apropiado de repartición de recursos.

Además, el estudio revela la relación existente entre la percepción de meritocracia y variables de estatus social como ingreso o educación. Se obtiene que el ingreso tiene un efecto positivo significativo sobre la percepción de meritocracia, lo que podríamos entender como una voluntad de justificar la desigualdad a través del principio meritocrático. La idea anterior se ve reforzada al realizar un análisis adicional ajustando por una variable de estatus subjetiva: quienes se perciben a ellos mismos ocupando una posición más elevada en la sociedad, también perciben un mejor funcionamiento de la meritocracia.

Otro estudio realizado por Landerretche y Lillo (2011)[6] permite ratificar el postulado de que en Chile la meritocracia es utilizada como argumento para justificar la desigualdad de ingreso, sobre todo por parte de quienes se encuentran más arriba en la pirámide social o bien han logrado ascender a lo largo de su vida. De hecho, Landerretche y Lillo encuentran resultados robustos que indican que mientras mayor sea la movilidad social que perciba un individuo respecto de sus padres, más alta es la probabilidad que dicha persona perciba que la sociedad chilena es meritocrática.

Por otro lado, Castillo evalúa el efecto de la educación sobre la percepción de meritocracia, teniendo en consideración el nivel de ingreso. Se obtiene que el impacto de mayor educación sobre la percepción de meritocracia es negativo. Esto podría argumentarse a través de la teoría de la deprivación relativa de Walker (1984)[7], donde se expone que aquellas personas que poseen mayor estatus educacional aspiran a un nivel de ingresos acorde al esfuerzo que realizaron. De esta forma, si los individuos perciben que su ingreso es menor al que deberían recibir dado su nivel de educación, se sentirán relativamente perjudicados con respecto a su grupo de referencia, que serían los individuos con un nivel de calificación similar.

Al incluir en el análisis la diferencia del ingreso de cada individuo respecto del promedio de ingresos de los individuos del nivel educacional al cual pertenece, se puede ver como esta diferencia captura gran parte de los efectos mencionados de ingreso y educación sobre la percepción de meritocracia. Entonces, podemos decir que los procesos de comparación social con el grupo de referencia de estatus influyen de una manera negativa en la percepción de meritocracia. O sea, si noto que alguien que tiene un nivel de educación igual o menor al mío percibe mayores ingresos, tenderé a pensar que la meritocracia no está funcionando correctamente en mi entorno. ¿Será una coincidencia la baja calificación promedio que le asignaron los chilenos a su percepción de meritocracia?

 

Percepción de desigualdad y meritocracia subjetiva

Asimismo, en el trabajo realizado por Castillo se analiza la relación entre percepción de meritocracia y percepción de desigualdad, obteniendo una correlación negativa. En otras palabras, mientras más grande es la percepción de meritocracia, menor será la magnitud de la desigualdad económica percibida por el individuo en la sociedad. Lo anterior sugiere que la percepción de una correcta aplicación del ideal meritocrático implica una legitimación de las desigualdades de ingreso por razones individuales en lugar de asociarlas a explicaciones sistémicas.

Por último, vale agregar que al momento de estudiar la relación entre las preferencias por meritocracia y la desigualdad económica percibida por los individuos, se obtuvo una correlación positiva. El resultado anterior podría asociarse al hecho de que al tener una mayor preferencia por la meritocracia uno es más exigente con el resultado derivado de esta última, y por consiguiente se exigirá una mayor reducción de las diferencias basadas en criterios distintos al esfuerzo y al talento.