[PRENSA] Quiénes, cómo y por qué se movilizan

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[PRENSA] Quiénes, cómo y por qué se movilizan

Publicado en Página 12

Hay importantes elementos comunes entre las personas que protestan en Argentina y Chile. En ambos países, las movilizaciones son parte de un amplio repertorio de formas de acción colectiva en el que se destaca la baja violencia política.

¿Por qué protesta la gente? ¿Quiénes protestan? ¿Qué hay de particular en la forma de protestar en Argentina? ¿Y de la forma usada en Chile? Comparamos aquí datos de encuestas en protestas que recolectamos durante tres años en Argentina y Chile con el objetivo de comprender las características de las personas que se manifiestan políticamente en la calle y los efectos de la doble transición –a la democracia y al neoliberalismo– en las tradiciones nacionales de protesta.

Los datos que aquí presentamos se basan en 1935 encuestas a manifestantes realizadas “en caliente” en protestas sindicales, estudiantiles, las Marchas del Orgullo LGBTIQ y las manifestaciones por la democracia (24 de marzo en Argentina y 11 de septiembre en Chile), en Buenos Aires y Santiago, entre 2015 y 2017. Ello nos permite indagar quiénes se manifiestan, por qué lo hacen, y cómo se movilizan. Los datos son de autopercepción y sobre la base de un cuestionario común que utilizamos en la red internacional “Caught in the Act of Protest”, que comprende ocho países europeos y cinco países latinoamericanos con una metodología única creada para este fin.

Democracia

Hay importantes elementos comunes entre las personas que protestan en Argentina y Chile. Se autodefinen como varones en una proporción levemente mayor que mujeres (55 por ciento Chile y 53 por ciento Argentina). La edad media de los encuestados es de casi 36 años en Argentina y casi 34 años en Chile, por lo que mayormente quienes protestan han vivido únicamente en democracia. En términos educativos, los niveles de instrucción son muy altos, muy superiores a la media general de la población. Mientras que en Argentina casi el 91 por ciento tiene algún nivel de instrucción formal completo, en Chile ocurre para el 95 por ciento.

Con respecto a la ocupación, encontramos más variedad. En Argentina el rango se compone por 34 por ciento de profesionales liberales, el 24 de trabajadores de rango medio (administrativos), un 20 de estudiantes y un 14 por ciento que se define como obrero. En Chile, la concentración de los que se movilizan es mayor en estudiantes (35 por ciento), profesionales liberales (32) y obreros (8).

Repertorio

Protestar es parte de un amplio repertorio de formas de acción colectiva, donde se destaca la baja violencia política (Argentina casi 3 por ciento, Chile casi 7 por ciento). Por tanto, quien protesta generalmente también participa de huelgas (Argentina 30 por ciento, Chile 38 por ciento), de piquetes u ocupaciones (Argentina 26, Chile 29), firma petitorios (Argentina 43, Chile 44) y hasta ha intentado contactar políticos (Argentina 19, Chile casi 28). Sin embargo, en Chile hay un uso más político que en Argentina del consumo como forma de protesta. Los chilenos han boicoteado productos en mayor proporción que los argentinos (28 y 18 por ciento, respectivamente) y han comprado productos para apoyar causas mucho más que los argentinos (40 vs. 30 por ciento).

En este amplio repertorio de acciones, la opción por manifestarse con otros en la calle es seleccionada por los manifestantes como muy importante por diversas razones, entre las que se destacan: un muy alto interés por la política, un rechazo a toda forma de autoritarismo y el considerar que es necesaria una mayor distribución de la riqueza así como una sociedad abierta a la inmigración.

Individualismo y colectivismo

Argentina y Chile contrastan marcadamente en cuanto a sus trayectorias de movilización social y el rol que los actores sociales y políticos han jugado desde la transición hacia la democracia en los ‘80 y ‘90, respectivamente. En Argentina, las organizaciones sociales se mantuvieron activas y cultivaron una relación estrecha con los partidos. Mientras Chile vivió un proceso de desmovilización y desarticulación, siendo impulsado el reciente ciclo de protesta desde los movimientos sociales en base a una fuerte crítica a los partidos tradicionales. En tanto en Argentina, si bien el sistema de partidos ha sufrido una importante desestructuración y el personalismo político domina la escena electoral, las bases de los partidos peronistas y de izquierdas se fortalecieron como instrumentos de movilización social.

Esto se refleja en que en Chile hay un mayor individualismo en las formas de movilizarse que en Argentina. En Chile, el 44 por ciento se enteró de la protesta por las redes sociales en línea y apenas un 11 por ciento por medio de una organización en la que milita. En cambio, en Argentina estas redes son mucho menos relevantes como canal de convocatoria (21 por ciento) y las organizaciones sociales tienen más peso (29). La televisión (Argentina casi 13 por ciento y Chile 8 por ciento) y los diarios (Argentina 5 y Chile casi 4 por ciento) tienen una baja influencia como fuentes de movilización. Los medios de comunicación más tradicionales no han perdido su poder de influencia, pero parecerían importar más como fuente de información de lo sucedido que como promotor de la protesta.

Viendo con quiénes asistieron a protestar, el individualismo de los chilenos se mantiene, mientras que el colectivismo organizativo argentino es constante. En Chile sólo el 12 por ciento participa como parte de una organización, mientras que en Argentina es el 42 por ciento. En cambio, en Chile es una actividad más familiar (44 por ciento), mientras que en Argentina es un poco menor esta proporción (27 por ciento). Es importante preguntarse por qué en Chile la protesta se constituyó en una forma individual de asistir a una actividad política, mientras que en Argentina preservó su carácter orgánico.

Más aún, mientras que en Argentina la movilización por medio de partidos y sindicatos no excluye el uso de formas de protesta por otros canales, en Chile sí son mutuamente excluyentes. Entre quienes se encontraban en las protestas encuestadas, un 32 por ciento expresó ser afiliado partidario en Argentina, mientras que en Chile casi un 23 por ciento. Una diferencia similar se encuentra al consultarlos sobre afiliación sindical: mientras que casi 24 por ciento de los argentinos encuestados está afiliado a un sindicato, un 15 por ciento lo está entre los chilenos consultados. En ambos casos estos canales tradicionales son complementados por la gran importancia de las organizaciones de base territorial o cultural en ambos países (26 por ciento Argentina y 31 por ciento Chile), mostrando la creciente territorialización de la política de ambos países.

Esta diferencia en los canales utilizados para movilizarse no es producto de una diferencia ideológica ya que en ambos países los encuestados se auto identifican mayoritariamente como de centroizquierda. Aunque, interesantemente, en Chile casi el 60 por ciento responde que sus padres estaban posicionados a la izquierda de ellos, mientras que en Argentina casi un 48 por ciento considera a sus padres posicionados hacia la derecha. Es decir, los chilenos reconocen una moderación ideológica (centrismo) respecto al pasado versus un creciente progresismo intergeneracional reconocido entre los encuestados en la Argentina.

Doble transición

El análisis de las dinámicas individuales de la protesta en Chile y Argentina se enmarca en un contexto más amplio de transformación social y política. La transición chilena de un modelo de desarrollo de industrialización por sustitución de importaciones a uno neoliberal durante la dictadura significó también una desarticulación de los sindicatos y de sus relaciones con los partidos. En Argentina esta transición es más tardía y tiene menos impacto sobre el tejido organizacional. En ambos países, la privatización y la desindustrialización obligaron a una reorganización del sindicalismo y erosionaron la estructura corporativa de representación de intereses. Si bien esto fragmentó la acción política impulsada desde la sociedad en ambos casos, el debilitamiento fue mayor en Chile dada la crudeza con que se implementó el neoliberalismo.

A su vez, tanto Argentina como Chile han transitado hacia un régimen democrático, con diversos grados de continuidad y cambio en los actores dominantes en la escena política pre autoritaria. La articulación de demandas políticas y sociales, por su parte, estuvo fuertemente influenciada por la naturaleza de las transiciones. La guerra por las Malvinas dejó al sector militar en una débil posición y el poder de huelga del sindicalismo fue rápidamente recuperado. Aunque la movilización social era considerada por parte de las elites –al igual que en Chile– como un peligro a la consolidación democrática, no pudo ser contenida. Este proceso fue reforzado por la creciente organización territorial del peronismo, recuperando su tradición movimientista.

Chile constituyó un caso emblemático de transición a través de un pacto de élite. La experiencia de polarización política que precedió el golpe militar y la relativa fortaleza de la junta militar después de la transición democrática motivaron a la Concertación a moderar las demandas sociales. La movilización social era considerada una amenaza al delicado equilibrio sobre el cual descansaba la recientemente reinstaurada democracia. Esto conllevó a un debilitamiento de la capacidad organizativa de la sociedad y a una escasa incidencia en la agenda de políticas públicas hasta el auge del movimiento estudiantil en 2011.

Por estos motivos, la transición democrática argentina difiere de la chilena por sostener una constante movilización de la sociedad para reclamar derechos políticos y sociales que preservó a los movimientos sociales como actores centrales de la escena política. Mientras en ambos casos la lucha por derechos sociales tuvo logros parciales, en el caso de la transición chilena los problemas de la democracia social quedaron fuera de la agenda.

La resultante elitización del sistema de partidos de Chile y su insularidad respecto a la población general, contrasta con la aún importante capilaridad social de ciertos sectores políticos (el peronismo en particular, pero no el único). Refuerza esta diferencia la enorme debilidad del sindicalismo chileno frente a la fortaleza corporativa y territorial del mundo sindical argentino. La que se robusteció con la emergencia de los piqueteros y otras experiencias de base territorial.

Más allá de las similitudes sociodemográficas, el efecto diverso de la doble transición (a la democracia y al neoliberalismo) en ambos países parecería explicar el individualismo chileno y el colectivismo argentino en las formas de protestar en la calle.